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La dosis hace al veneno…
(Paracelso)
O dicho de otro modo, todo en su justa medida… hasta el agua puede ser tóxica…
La verdad es una forma de violencia
(leido en facebook aunque creo que el origen es de aquí)
Las canciones son tuyas sólo cuando las estas componiendo, y es una maravilla, es tu pequeña perla. Cuando la canción sale del estudio, deja de ser tuya. Y es una canción de la gente. Se pone a volar hacia donde la lleve el viento, y eso es más bonito todavía
Miguel C.Torres ( LEIVA )
Había una vez un hombre que solía ir cerca del mar para escribir y tenía el hábito de andar por la playa antes de empezar su trabajo.
Un día, mientras iba andando a lo largo de la playa, vió a lo lejos una figura humana que parecía estar bailando. Se sonrió por el hecho de que alguien pudiera estar bailando a esa hora del día y apretó el paso para acercarse. Al hacerlo se dio cuenta de que era un hombre joven y de que no estaba bailando sino cogiendo cosas pequeñas de la orilla y, corriendo, las iba lanzando todo lo lejos que podía al mar.
El hombre se acercó un poco más y le dijo al joven “buenos días, ¿puedo preguntar qué haces?”. El joven se paró y le contestó “devolviendo al mar estrellas de mar que las olas han sacado del agua”. Y “¿por qué” le replicó nuestro hombre. “El sol está alto y la marea está bajando, si no las tiro al agua morirán” contestó el joven.
El hombre, sorprendido, le volvió a preguntar “Pero no te das cuenta de que hay cientos de kilómetros de playa y que hay estrellas por toda ella?… ¡no vale la pena!
El joven se quedó pensativo y cogiendo una estrella del suelo la lanzó bien lejos y justo cuando impactó en el agua le dijo al hombre “¿ves?, para esa estrella sí ha valido la pena”
Cabizbajo, el joven se dejó caer junto al anciano, que meditaba, bajo un frondoso roble.
- ¿Puedo hablar con usted, maestro?
El viejo, amablemente, respondió:
- Por supuesto, mis puertas están abiertas para ti siempre. Dime lo que te atormenta porque veo que tu corazón sufre.
- Sufro porque dice mi padre que soy un inútil, porque mi jefe desconfía de mi capaciedad, sufro porque todo lo que hago parece que lo hago mal. Mientras otros, esforzándose menos, son aplaudidos, yo me debato entre las dudas y los miedos que me atenazan, y mis trabajos no sirven, no gusta lo que digo ni lo que pienso.
- En esto no puedo ayudarte. Nadie puede decidir por ti, ni otro puede asumir tus dudas. Pero ya que estás aquí sí puedes ayudarme. Quisiera que fueras al mercadillo del pueblo y vendieras esta sortija por más de 100 monedas. Confío en tus dotes de negociación.
A las dos horas volvió el joven aún más deprimido que antes.
- Maestro, he comprendido que tienen razón los que desconfían de mí. No he podido vender tu sortija, sólo me han ofrecido 20 monedas. Perdóname y adiós.
- ¡Espera! -dijo el sabio-. Necesito urgentemente dinero y sólo tengo mi sortija. Negocia con el joyero Rabí y pídele el precio que estaría dispuesto a pagar e incrementa en 100 monedas más, y no vengas hasta lograr esa cifra, pero no se lo vendas.
- ¿Acaso quieres burlarte de mí? Eso es imposible.
- Tú vete y haz lo mejor que sepas el encargo.
Al poco rato volvió alborozado:
- ¡Maestro, es increíble! Me ha ofrecido 2000 monedas y al subir yo a 2100 él ha aceptado sin discutir.
- Joven, los del mercadillo desconocían el verdadero valor de la joya y no han aprovechado la oportunidad de poseerla, pero el joyero hubiera pagado gustoso mucho más que 2000 monedas. No confíes tu valía a quienes no saben tasar a las personas. Mira en tu interior e intenta poner precio a tu dignidad: ese será el valor que debes negociar en el mercdo de la vida.
Érase una vez, seis hombres ciegos fueron a ver a un elefante. El primer hombre ciego alargó sus manos frente a él y tocó el inmenso lado del animal. “Este elefante es como una pared alta y fuerte,” dijo el ciego.
El segundo hombre, quien estaba parado cerca de la cabeza del elefante, puso sus manos en uno de los largos y filudos colmillos. “¿Una pared? ¡No! Yo diría que es más como una lanza.”
El tercer hombre abrazó una de las patas del elefante con ambos brazos. “No quisiera contradecirlos,” dijo, “pero estoy seguro que el elefante es como un árbol.”
El cuarto hombre por casualidad tocó la oreja del elefante. “Todos ustedes están equivocados,” dijo él. “El elefante es en realidad muy parecido a un abanico.”
El quinto hombre estaba parado él solo por el otro extremo del elefante. Y por casualidad cogió la cola del animal. “Yo no entiendo esta confusión,” dijo él. “Estoy seguramente correcto al decir que el elefante es como una soga.”
Bueno, este elefante era un poco juguetón, así que le hizo cosquillas al sexto hombre con su trompa. El hombre, asustado, apartó lejos de si la trompa, y dijo temblando, “¡Por favor manténganse en calma pero les juro que el elefante es en realidad una culebra muy grande!”
“¡Tonterías!” dijeron los otros. Aún así, todos se fueron alejando calladamente, y nunca hicieron el esfuerzo de pensar en conjunto lo que verdaderamente es un elefante.
Amar a un ser humano es disfrutar de la fortuna de poder comprometerte voluntariamente y responder en forma activa a su necesidad de desarrollo personal; es creer en él cuando de si mismo duda, contagiarle tu vitalidad tu entusiasmo cuando esta por darse por vencido, apoyarlo cuando flaquea, animarlo cuando titubea, tomarlo de las manos con firmeza cuando se siente débil, confiar en él cuando algo lo agobia y acariciarlo con dulzura cuando algo lo entristece…